El progresismo se convirtió en el nuevo conservadurismo
Durante
décadas, la política se movió bajo coordenadas previsibles. El molde
tradicional dictaba que la izquierda encarnaba la rebeldía, la vanguardia, la
ruptura de los moldes establecidos y la osadía de desafiar al poder.
Del otro
lado, la derecha solía representar el orden, la tradición, la defensa del statu
quo y las estructuras institucionales.
Sin embargo,
los tiempos cambian, las etiquetas se erosionan y el mapa ideológico global (y
también el nuestro) experimenta una mutación copernicana.
Hoy
asistimos a una paradoja fascinante: el pensamiento oficial de la izquierda
"progresista" se ha vuelto profundamente
conservador, dogmático y censor, mientras que la verdadera transgresión, el
aire fresco y la rebeldía seducen a las nuevas generaciones desde una vereda
opuesta.
La izquierda
tradicional ha envejecido mal. Atrapada en gestiones grises cuando le toca
gobernar, imposibilitada de ofrecer soluciones reales a los problemas
cotidianos de la gente y desprovista de horizontes utópicos que entusiasmen, ha
replegado su artillería hacia el terreno cultural e identitario.
Lejos de
proponer emancipación, ha construido un pesado aparato de tutela moral. En nombre del progreso, se ha instalado un
dogma de Estado que pretende dictar cómo se debe hablar, qué se puede pensar,
cómo estructurar los afectos y qué límites imponerle al pensamiento libre.
Ese
progresismo de cátedra y oficina ha pasado todos los límites.
Lo que
comenzó como una búsqueda de tolerancia derivó en una hiper-ideologización que interviene desde la infancia hasta el
lenguaje, imponiendo agendas de laboratorio que rozan el absurdo y que chocan frontalmente contra el sentido común
de la ciudadanía.
Cuando la
ideología atropella la evidencia biológica, la libertad de cátedra o la
autonomía familiar, lo que se respira ya no es libertad, sino una sutil y
agobiante forma de autoritarismo cultural. Aquel que disiente ya no es un
adversario político al que se debate con argumentos; es inmediatamente
catalogado, moralizado o cancelado por una Inquisición laica que no tolera la
discrepancia.
Es
exactamente en este punto donde se produce el gran quiebre generacional.
No sorprende
que miles de jóvenes, especialmente aquellos que empiezan a transitar la vida
adulta y sufren las urgencias de la economía y la falta de oportunidades,
sientan un profundo hastío frente a este relato oficial.
Para las
nuevas generaciones, la verdadera contracultura ya no pasa por repetir las
rancias consignas de una izquierda momificada en viejas estructuras, sino por
animarse a desafiar la corrección
política institucionalizada.
Hoy, ir
contra el orden establecido significa cuestionar al aparato estatal que
pretende tutelar la conciencia ciudadana.
Romper
moldes es reivindicar la libertad individual, la meritocracia, la
responsabilidad personal y el derecho elemental a pensar distinto sin temor a
la repulsa oficial.
Se respiran
aires de cambio, y es profundamente esperanzador.
Que la
juventud vuelva a abrazar el espíritu crítico, que cuestione los dogmas
intocables y que sacuda la modorra del pensamiento único demuestra que la
sociedad civil está viva.
La izquierda
ha dejado de representar el futuro para convertirse en la guardia pretoriana de un orden viejo, gris y restrictivo.
Frente a
eso, la bocanada de aire fresco que recorre el mundo —la audacia de volver a
pensar con autonomía— marca el pulso de una época que pide, a gritos, recuperar
la libertad.
Ricardo Alba El Día 10 de octubre 2026


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