Despilfarro y austeridad: la doble vara de los recursos públicos
El manejo
del dinero de los contribuyentes en nuestro país vuelve a estar en el centro
del debate, dejando al descubierto una paradoja tan indignante como
perjudicial.
Mientras
desde el gobierno se promueve un discurso de «austeridad», materializado en
medidas efectistas y en un ahogo operativo en áreas sensibles, por otro lado se
multiplican las decisiones de gasto de
dudosa prioridad, ejecuciones presupuestales millonarias y la persistente
tentación de recurrir a la voracidad
fiscal para seguir exprimiendo los bolsillos de la ciudadanía.
Por un
lado, el espectáculo de la inversión pública ofrece muestras sistemáticas de un
desatino financiero que parece no tener freno.
La
reciente confirmación del megaproyecto para construir una nueva y sumamente
costosa ciclovía hacia la zona del Cerro es apenas el último capítulo de una
lista de prioridades distorsionadas en la infraestructura metropolitana.
Esta
iniciativa se suma a las cuestionadas arterias ciclísticas en el centro de la
ciudad, obras cuyas elevadas cifras por kilómetro contrastan de forma flagrante
con las necesidades urgentes y
desatendidas que día a día sufren los vecinos en materia de limpieza,
iluminación y pavimentación barrial.
Pero el
despilfarro no es exclusivo del ámbito departamental; la administración pública
acumula hitos de enorme costo que la ciudadanía termina pagando en silencio:
- La compra de la estancia
María Dolores: Una
adquisición inmobiliaria de alto costo para el Instituto Nacional de
Colonización cuya conveniencia y oportunidad técnica han sido severamente
cuestionadas frente a las urgencias productivas reales.
- El colapso del contrato con
el astillero Cardama: La fallida y traumática rescisión de la compra de los buques
patrulleros (OPV), un fiasco administrativo que sepulta desembolsos ya
concretados de al menos 30 millones de euros, sumados a las eventuales
contingencias judiciales internacionales que aún pesan sobre las arcas del
Estado.
- El drenaje de la división
Cemento de ANCAP: Décadas de transferencias y pérdidas operativas sostenidas en la
producción estatal de Portland sin que se concrete una solución de fondo.
- Los pasivos heredados de
aventuras industriales: Las millonarias secuelas financieras de
megaproyectos frustrados como la planta de regasificación de Gas Sayago,
cuyos costos de mantenimiento y litigios continúan pasando factura al
erario público.
Frente a
esta soltura para comprometer o malgastar sumas astronómicas, la
"austeridad" oficial se aplica con una rigidez insólita en el extremo
equivocado.
Se la
entiende mal y se la ejecuta peor. Un ejemplo claro se observa en la gestión
del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde los recortes presupuestales
drásticos y los atrasos en los giros para alquileres y representación
diplomática amenazan la operativa básica de nuestras embajadas y la imagen
institucional del país en el exterior.
Reducir
gastos en la diplomacia o cancelar instancias de integración funcional mientras
se mantienen estructuras superpuestas o contrataciones accesorias no es
austeridad: es miopía administrativa.
Lo más
preocupante de esta dinámica es su desenlace previsible.
Para
tapar los agujeros que deja la mala gestión y financiar compromisos mal
planificados, la respuesta estatal vuelve a ser la de siempre: la presión sobre el contribuyente.
A través
de revisiones tributarias, reasignaciones apremiantes y ajustes en las
exoneraciones, el Estado demuestra una voracidad
fiscal insaciable, orientada a sacarle al ciudadano hasta la última moneda
de su esfuerzo diario.
El
Uruguay no sufre de escasez de recursos, sino de una profunda falla en la
fijación de sus prioridades.
Administrar
con responsabilidad exige mucho más que discursos solemnes: requiere terminar
con las inversiones caprichosas y los proyectos inconclusos, respetando
verdaderamente el dinero de quienes, con su trabajo, sostienen la estructura de
la República.
Ricardo Alba El Día 24 de octubre 2026


Comentarios
Publicar un comentario