CASUPÁ : RIESGO, SOBERBIA Y DESPILFARRO
La
historia reciente de la gestión del agua en el Uruguay metropolitano parece
atrapada en un loop de improvisación, miopía técnica y soberbia política.
La
insistencia oficial en torno al proyecto de la Represa de Casupá, lejos de
perfilarse como una solución estructural a nuestros problemas de abastecimiento
se ha consolidado como un monumento al error estratégico.
Lo que en
su momento advertimos desde estas páginas como una huida hacia adelante frente
a la crisis hídrica y humana, hoy se desarma ante la cruda realidad de los
informes técnicos, el rechazo territorial y las alertas de los propios
organismos de financiamiento internacional.
La advertencia internacional: un proyecto de “alto
riesgo”
Durante
demasiado tiempo se intentó vender la idea de Casupá como una panacea
indiscutida, ocultando bajo alfombras administrativas los informes de
viabilidad real. Sin embargo, las fichas se van cayendo.
Hoy
sabemos —y así lo han puesto de manifiesto actores políticos y seguimientos
especializados— que la propia CAF (Banco de Desarrollo de América Latina y
el Caribe), entidad llamada a financiar la obra con unos 130 millones de
dólares, ha encendido las alarmas catalogando el proyecto con un perfil de
alto riesgo ambiental y social.
Cuando un
banco de desarrollo multilateral, cuyo negocio, al fin y al cabo, es prestar
para ejecutar, advierte sobre los peligros socioambientales de una obra, es
porque el grado de afectación potencial supera con creces los márgenes de
tolerancia aceptables.
Insistir
en avanzar a ciegas, desoyendo estas advertencias y descalificando como
"palos en la rueda" los legítimos reclamos de vecinos organizados y
estudios técnicos independientes, no es gobernar con firmeza; es administrar un
capricho a espaldas de la prudencia pública.
El costo humano y productivo: 37 unidades familiares
bajo el agua
Los
números oficiales y los recientes informes sociales sobre el impacto en el
territorio revelan la dimensión real del problema: al menos 37 unidades
productivas quedan directamente en la línea de fuego de la inundación y las
modificaciones territoriales.
Detrás de
cada una de estas unidades productivas hay familias arraigadas, trabajo
nacional, producción sostenible y tejido social que se pretende sacrificar en
el altar de una solución hidráulica anticuada.
Pretender
compensar el desarraigo y la alteración profunda de toda una cuenca con agendas
interinstitucionales de maquillaje o promesas burocráticas es ignorar el daño
irreparable que se le inflige al interior productivo.
Se
multiplican las preocupaciones locales mientras el gobierno acelera
expropiaciones para obradores, demostrando una desconexión alarmante entre el
despacho ministerial y el territorio afectado.
El error de mirar al pasado: la cuenca enferma no
se cura con un muro
El núcleo
de nuestra argumentación histórica se mantiene inalterable: la dependencia
de la ya sobreexplotada y contaminada cuenca del río Santa Lucía no se resuelve
construyendo más muros para retener más agua podrida, sino abordando la
contaminación de raíz.
Construir
Casupá sobre una cuenca que arrastra graves problemas de gestión de nutrientes,
recurrentes floraciones de cianobacterias y presiones agroindustriales
desreguladas es replicar los mismos vicios que nos llevaron al colapso durante
la crisis del agua.
Como han
señalado voces lúcidas del ámbito académico y técnico (incluyendo advertencias
de la Facultad de Ingeniería sobre el manejo del embalse), la represa no
garantiza calidad de agua si no se sanea el origen.
Es, en
palabras de la discusión pública actual, un costoso "lujo de la
miseria": se dilapidan recursos colosales en una obra de dudosa eficacia
preventiva, mientras se postergan alternativas de verdadera vanguardia y
seguridad hídrica para el área metropolitana.
Conclusión: frenar a tiempo es la verdadera responsabilidad
El
naufragio ambiental y financiero hacia el que nos conduce el proyecto Casupá
todavía está a tiempo de ser evitado.
Continuar
adelante bajo la lógica de "el proyecto no se para" transforma una
política pública de saneamiento y abastecimiento en un acto de soberbia
dogmática.
Uruguay
no se puede dar el lujo de gastar 130 millones de dólares en un desastre
anunciado que fractura el territorio, destruye unidades productivas, choca con
las exigencias de los organismos de crédito y deja intacto el problema de fondo
de nuestros recursos hídricos.
Es hora
de detener la marcha, escuchar a la ciencia, respetar a los pobladores locales
y barajar de nuevo antes de que el daño ambiental y social sea irreversible.
Ricardo Alba El Día 26 de setiembre 2026


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