PISA : triunfalismo que esconde el fracaso

 

Los resultados de un nuevo informe PISA suelen desatar la maquinaria habitual del triunfalismo oficialista.

Apenas se conocen las cifras, se agitan variaciones marginales, se festejan repuntes de pocos puntos en ciencias o se destaca con alivio que el país encabeza un podio regional devaluado.

Funcionario que declara, ministro que asiente y relato que se autocomplace intentan instalar la idea de que vamos por el buen camino. Pero es menester decirlo con toda claridad, sin atenuantes ni tapujos: festejar las migajas del estancamiento es un insulto a la inteligencia nacional y una forma de consagrar la decadencia.

No hay absolutamente nada de lo que sentirse orgulloso.

Cuando se descorre el velo de la retórica gubernamental y se mira el mapa global, la realidad es implacable.

Uruguay sigue profundamente rezagado frente a la media de los países desarrollados de la OCDE, y la distancia con los colosos asiáticos y las naciones que lideran la vanguardia educativa mundial ya constituye un abismo sideral.

Que nuestros jóvenes de 15 años arrastren caídas estructurales en comprensión lectora y presenten porcentajes alarmantes de incompetencia en las áreas fundamentales no es un detalle menor; es la constatación de que estamos hipotecando el porvenir de generaciones enteras bajo la coartada de un falso progresismo pedagógico.

El análisis pormenorizado de los datos expone una radiografía social aún más lacerante: la fractura interna del Uruguay.

 La brecha socioeconómica en nuestras aulas no es una estadística fría, sino un muro infranqueable. Los estudiantes del segmento más acomodado rinden a niveles comparables con los estándares internacionales —demostrando que el talento existe cuando hay cimientos sólidos—, pero el 25% más desfavorecido se hunde en un rezago que supera los cuatro años de aprendizaje formal respecto a sus compatriotas más ricos.

El sistema público uruguayo ha renunciado a su histórico rol de motor de ascenso social, volviéndose incapaz de traccionar hacia arriba a los sectores medios-bajos y vulnerables, que pagan con exclusión cognitiva el precio de la desidia sistémica.

En este contexto, liderar América Latina es un consuelo de perdedores. Región que sufre un deterioro crónico generalizado no puede ser nuestra vara de medir cuando el mundo avanza a velocidad de vértigo.

Continuar administrando esta agonía mediante parches ideológicos o retórica de comité electoral es condenar al país a la irrelevancia.

Salir de este pozo crónico exige abandonar de una buena vez la demagogia de la retención estadística, esa trampa perversa del "pasar por pasar" que barre bajo la alfombra y premia la mediocridad en nombre de una supuesta inclusión que no es otra cosa que exclusión disimulada.

Para enderezar el rumbo, la República necesita imperativamente un pacto nacional de largo aliento —blindado de los vaivenes partidarios y de los vetos corporativos— que, siguiendo el ejemplo de quienes están en la cima, se sostenga sobre tres pilares ineludibles:

·         Exigencia institucional y mérito: El pasaje de año debe quedar estrictamente condicionado a saberes demostrados. Hay que devolverle al esfuerzo individual, a la constancia y al rigor académico el valor central que nunca debieron perder en la educación media y técnica.

·         Jerarquización radical de la carrera docente: Atraer y retener a los mejores talentos exige transformar de raíz los profesorados. No se trata de regar de recursos un sistema ineficiente, sino de exigir selectividad rigurosa en el ingreso, capacitación permanente de excelencia y una evaluación del desempeño vinculada al compromiso real y a los resultados en el aula.

·         Autoridad pedagógica y orden: Es urgente restituir la autoridad del docente y asegurar un clima de respeto estricto, aislando la convivencia escolar de la parálisis gremial y de las disputas facciosas que han secuestrado la enseñanza pública.

El Uruguay no puede seguir celebrando falsos logros mientras su juventud pierde el tren del siglo XXI.

O recuperamos la cultura del saber, el rigor y la libertad de aprender como ejes absolutos de la Nación, o terminaremos de sepultar el sueño de una patria próspera, libre y educada.

Ricardo Alba  El Día 12 de setiembre 2026


 

 



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