La crueldad de la desprotección: cuando enfermar arruina y aísla
La salud
pública uruguaya suele enarbolarse con orgullo como un bastión de equidad, un
sistema capaz de tender puentes allí donde el mercado abandona a las personas.
Sin
embargo, hay realidades tan filosas que desbordan los protocolos y revelan las
costuras más frágiles de nuestro Estado de bienestar.
El
conmovedor caso de la profesora de literatura Roxana Rügnitz, recientemente diagnosticada
con glioblastoma, el mismo tumor agresivo que enfrentó el virólogo Gonzalo
Moratorio, expone una verdad incómoda: frente a enfermedades devastadoras, la
vida de un ciudadano común queda a merced de la burocracia, los contactos y la
caridad pública, mientras que el sistema parece diseñado para vaciar los
bolsillos de quien ya lo ha perdido todo.
La
historia de Roxana desnuda una de las paradojas más perversas de la
vulnerabilidad humana: la enfermedad llega acompañada de una asfixia financiera
instantánea.
El
momento exacto en que una persona necesita más recursos para pagar
especialistas, estudios de precisión, traslados y medicamentos que el Fondo
Nacional de Recursos (FNR) demora o niega es, paradójicamente, aquel en el que
menos ingresos percibe.
La
pérdida de fuentes laborales secundarias y las licencias médicas recortadas
pulverizan la economía del hogar. Aquí cabe recordar medidas tan nefastas como
aquellas impulsadas por gestiones pasadas de la ONSC para reducir los ingresos
de los funcionarios públicos en licencia médica, bajo la cínica premisa de
"igualar hacia abajo" con el sector privado.
En lugar
de elevar los pisos de protección social para que ningún trabajador quede a la
intemperie, se opta por desproteger al individuo en el instante más frágil de
su existencia.
A esto se
le suma la dolorosa lotería de la visibilidad. No todos los pacientes cuentan
con el capital social, la fama o el aura de héroe científico que movilizó
millones de dólares a través de campañas de solidaridad masiva para figuras
públicas.
Cuando la
salud de vanguardia y los tratamientos experimentales quedan reservados
únicamente para quienes pueden costear un abogado privado para interponer un
recurso de amparo, o para aquellos capaces de conmover a la opinión pública, el
derecho humano a la salud se devalúa y se convierte en un privilegio
condicionado por la suerte.
El Estado
no puede tercerizar el derecho a la vida en la generosidad de los amigos o en
la épica de una colecta popular.
Es
imperativo dar un debate estructural urgente.
Necesitamos
un sistema de salud dotado de un fondo de contingencia ágil y transparente,
capaz de responder con velocidad científica y sentido humano a las excepciones
complejas, sin obligar a los enfermos a transitar un calvario judicial y
administrativo. Porque mientras la ciencia avanza con paso firme, el laberinto
institucional camina con la lentitud de la indiferencia.
Y en esa
carrera, lo que se consume no es solo presupuesto, sino el tiempo irremplazable
de quienes luchan por vivir.
Ricardo Alba El Día 22 de agosto 2026
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