Ni Ortega es dictador ni los tupamaros fueron terroristas en el relato progresista

 

Las recientes declaraciones del dictador nicaragüense Daniel Ortega, sentenciando sin ambages que en su país «no volverá a haber elecciones, marcan un hito más en la descomposición total de cualquier fachada democrática en Nicaragua.

Con un régimen que ha llegado al extremo de institucionalizar la dinastía familiar al nombrar copresidenta a su esposa Rosario Murillo, y con un saldo luctuoso que recuerda la más cruenta represión contra su propio pueblo, Nicaragua se hunde definitivamente en el abismo del totalitarismo, transformada en la Corea del Norte de América Latina.

Sin embargo, lo verdaderamente alarmante no es solo la tragedia cotidiana que padece el pueblo nicaragüense, abandonado a su suerte bajo la bota del poder absoluto, sino el ensordecedor y cómplice silencio con el que sectores clave de la política regional, y en particular la izquierda uruguaya nucleada en el Frente Amplio, observan semejante catástrofe institucional.

“Mientras los ciudadanos nicaragüenses sufren una ominosa tiranía, por este lado del continente se prefiere la comodidad del silencio o el cálculo ideológico.”

Durante décadas, el progresismo continental ha erigido su discurso sobre el pedestal de una supuesta defensa intransigente de los derechos humanos, la justicia social y la soberanía popular.

No obstante, frente a la tiranía descarada de Managua, ese discurso se evapora, revelando una profunda y escandalosa hipocresía.

Cuando el atropello proviene de un camarada ideológico, de un dictador de izquierda que pisotea las urnas y suprime las libertades más elementales, las condenas enérgicas desaparecen.

Se recurre entonces a eufemismos, a la retórica de la no intervención mal entendida, o directamente al silencio sepulcral, demostrando que para muchos el valor de la democracia no es un principio universal e innegociable, sino un instrumento táctico sujeto a conveniencias partidarias.

Lo más grave es el contraste de prioridades. Mientras los pobres nicaragüenses sufren el despojo absoluto de sus derechos y la burla perpetua de un régimen que cancela su futuro democrático, los esfuerzos de los defensores locales de estas causas parecen concentrarse en otro frente: empeñados en mantener un relato mentiroso destinado a las nuevas generaciones, donde para el Frente Amplio ni Ortega es un dictador ni los tupamaros fueron terroristas, presentándose a sí mismos como paladines de la libertad mientras guardan una calculada y cómplice reserva frente a las tiranías reales del presente.

La democracia no admite dobles raseros ni complicidades selectivas. Mirar hacia el costado ante el totalitarismo nicaragüense por afinidad ideológica degrada la política y deshonra los valores republicanos.

Si el Frente Amplio y sus dirigentes son incapaces de llamar a las cosas por su nombre, de calificar de dictadura a una dictadura y de repudiar al autócrata Ortega con la misma energía con la que gesticulan para defender sus propios relatos del pasado, lo único que confirman es que su pretendida vocación democrática no pasa de ser una farsa tan indigna como el régimen que encubren con su silencio.

Ricardo Alba   El Día 25 de julio 2026




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