Entre los escombros y la paranoia: el Estado ante la tragedia venezolana
La
magnitud del desastre que sacudió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio
es, por sí sola, una tragedia que sobrecoge a cualquier conciencia humana.
Con un
balance oficial que ya supera los 1.900 fallecidos y proyecciones de la ONU que
apuntan a 50.000 desaparecidos, el escenario en estados como La Guaira y
Carabobo es devastador. Sin embargo, lo que estamos presenciando no es solo la
furia de la naturaleza, sino el colapso de un sistema político que ha quedado,
por fin, totalmente al desnudo.
En las
primeras horas tras el doble sismo de magnitud 7,2 y 7,5, el país fue testigo
de una realidad elocuente: mientras los ciudadanos removían escombros con sus
propias manos, palas y desesperación, el Estado brillaba por su ausencia.
Aquellos
que buscaban sobrevivientes entre las ruinas de sus hogares no contaban con el
apoyo de maquinaria pesada ni de una logística gubernamental eficiente. Esa
carencia, lejos de ser un accidente, es el reflejo de años de desmantelamiento institucional, donde la infraestructura básica fue sacrificada en el altar de la retención
del poder.
Lo más
indignante, no obstante, no es solo la falta de capacidad, sino la gestión de
la sospecha. Informes procedentes del terreno, ratificados por rescatistas
internacionales como los grupos "Los Topos" de México y Chile, han
arrojado luz sobre una conducta atroz: el
uso de la fuerza militar para obstaculizar el auxilio.
En un
acto que desafía toda ética humana, efectivos militares han bloqueado el acceso
a zonas críticas, exigiendo permisos burocráticos o priorizando la custodia de
perímetros sobre la vida de quienes, según las señales de los perros
rescatistas, aún luchaban por respirar bajo los escombros.
La
respuesta del régimen ha estado impregnada de una paranoia política que resulta
criminal. Al tratar la ayuda humanitaria como una posible amenaza, temiendo que
el despliegue internacional sea una fachada para el espionaje o la
desestabilización, el gobierno ha demostrado que sus prioridades están
invertidas.
Cuando un
rescatista tiene que explicarle a un general que su única misión es salvar una
vida, mientras ese general se preocupa por quién los está observando,
entendemos que estamos ante un Estado que teme más al ciudadano en situación de
vulnerabilidad que a la catástrofe misma.
Esta
tragedia ha expuesto la desconexión total de un gobierno que hace años prioriza su enriquecimiento y su
supervivencia política por encima de la protección de sus ciudadanos.
La narrativa
de "protección social" se ha desmoronado ante los ojos del mundo.
Incluso aquellos sectores que históricamente justificaron o guardaron silencio
sobre la situación interna del país, hoy se ven forzados a enfrentar la
realidad: no se puede esconder la ineficiencia y la inhumanidad cuando el
pueblo está literalmente buscando a sus muertos en la calle.
La crisis
que vive Venezuela hoy no es solo sísmica; es una crisis de legitimidad.
La
solidaridad de la comunidad internacional es bienvenida, pero la
responsabilidad recae sobre un Estado que, en la hora más oscura, eligió el control social antes que la
compasión.
Que estas
imágenes y estos testimonios sirvan para que, una vez que el polvo se asiente y
las cámaras de televisión se retiren, no permitamos que el olvido cubra las
cicatrices de un pueblo que fue
abandonado por sus propios gobernantes.
Un Estado
o mejor dicho un gobierno que obstaculiza la salvación de su gente ha perdido,
definitivamente, su razón de ser.
Ricardo Alba El Día 4 de julio 2026
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