El espejismo de la competitividad: por qué Uruguay no es el destino que creemos

 

Durante décadas, Uruguay ha intentado seducir al capital extranjero bajo una fórmula que parece inamovible: estabilidad política, reglas claras y un generoso paquete de exoneraciones impositivas.

Nos hemos acostumbrado a celebrar cada anuncio de inversión como un triunfo de nuestra estrategia, convenciéndonos de que, si somos lo suficientemente "atractivos" fiscalmente, el desarrollo llegará solo.

Sin embargo, hay una realidad incómoda que preferimos ignorar: el capital internacional sigue prefiriendo, una y otra vez, destinos donde los impuestos son más altos y los salarios son significativamente mayores.

¿Por qué un inversor elegiría la "cara" Alemania o el competitivo sudeste asiático, cuando en nuestro país podría pagar menos sueldos y recibir incentivos tributarios? La respuesta es tan simple como devastadora: el inversor busca eficiencia, no un descuento.

La trampa de las exoneraciones

Las exoneraciones fiscales que tanto defendemos se han convertido en una "muleta" operativa. Son un subsidio que el Estado uruguayo asume para intentar compensar, casi siempre sin éxito, las deficiencias estructurales de nuestra economía.

No estamos construyendo un ecosistema competitivo; estamos pagando un "peaje" para que alguien se anime a instalarse aquí, a pesar de los obstáculos. Cuando un inversor debe sopesar el ahorro fiscal frente a la lentitud de los trámites, la rigidez burocrática o los costos energéticos y logísticos, la balanza suele inclinarse hacia la frustración.

Las exenciones no curan la enfermedad; apenas anestesian los síntomas de un país que se ha vuelto pesado y difícil de navegar.

El mito del "costo laboral"

En Uruguay, el debate sobre la competitividad se ha reducido peligrosamente a un antagonismo: o bajamos los sueldos o no somos competitivos.

Es una visión del siglo pasado. Los inversores globales no huyen de los salarios altos; huyen de la baja productividad.

En los países que hoy lideran el desarrollo, el salario es una inversión respaldada por procesos optimizados, infraestructura de punta y un entorno donde la mano de obra calificada puede maximizar su producción por hora.

Mientras nosotros insistimos en que el problema es lo que cobra el trabajador, el mundo nos enseña que el verdadero costo no es el salario, sino la "fricción": el tiempo perdido en permisos, la burocracia paralizante y la falta de una infraestructura ágil.

Para un inversor, pagar un sueldo alto en un entorno donde todo funciona a la primera es, a menudo, más barato que pagar un sueldo bajo en un país donde hay que "luchar" contra el sistema para producir un solo artículo.

¿Dónde va el mundo?

Como bien señala el Financial Times en un reciente análisis sobre los factores de producción, el desarrollo no se decreta con planes industriales intervencionistas ni con proteccionismo.

El crecimiento real proviene de "liberar" los motores más simples: tierra, energía, mano de obra y capital. La competitividad moderna nace de la desregulación inteligente, de la capacidad de instalar una planta en meses en lugar de años y de facilitar, no de dirigir, la inversión.

Uruguay sigue sin entender la realidad global. Seguimos pensando que la inversión llegará por inercia si ajustamos la política fiscal, sin darnos cuenta de que el mundo cambió. Hoy, el capital busca agilidad, infraestructura de datos y, sobre todo, una administración pública que sea un facilitador y no un controlador.

Si queremos ser realmente competitivos, debemos dejar de lado la muleta de las exoneraciones y enfrentar las reformas estructurales que evitamos por miedo al costo político. De lo contrario, seguiremos siendo el país que "podría ser", viendo cómo otros, con costos mucho más altos pero con sistemas mucho más eficientes, se llevan la inversión que tanto necesitamos.

Ricardo Alba  El Día 11 de julio 2026




Comentarios

Entradas populares de este blog

Memoria selectiva y olvido conveniente

Refinar es más rentable para ANCAP: Un ahorro clave para Uruguay

La trampa de la coalición y el ocaso del batllismo