Crecer sin dejar a nadie en el camino
En las
últimas semanas, el debate económico uruguayo ha vuelto a transitar por viejos
caminos.
Mientras
miramos de reojo cómo otras economías de la región, como Paraguay o Perú, celebran
sus propios éxitos, o analizamos el explosivo despegue petrolero de Guyana, un
diagnóstico se ha vuelto recurrente fronteras adentro: Uruguay ha perdido
competitividad.
Informes
recientes, como los presentados por el economista Ignacio Munyo desde el centro
CERES, nos advierten sobre una dura realidad.
Los
costos internos en dólares se han duplicado en dos décadas, el Estado ha
crecido en dimensiones y superposiciones, y el clima de negocios se resiente.
La receta
ortodoxa que se desprende de estos análisis apunta a un ajuste ineludible:
revisar minuciosamente el gasto público, eliminar regulaciones burocráticas y
evitar medidas que encarezcan el factor trabajo, como la reducción de la
jornada laboral sin ajuste salarial, para no ahuyentar la inversión privada.
Nadie
puede negar que sanear las cuentas públicas y ordenar la casa es una condición
necesaria para evitar el estancamiento. Sin embargo, al leer estas propuestas,
surge una legítima preocupación de fondo: lo social parece quedar relegado a
un segundo plano o relegado a una mera consecuencia lejana del crecimiento.
Si
miramos la realidad de nuestro país, el verdadero problema no se agota en la
línea de flotación de las cuentas fiscales ni en la rentabilidad del capital.
En los
barrios, en las escuelas y en la periferia, persiste un núcleo duro de pobreza
estructural e infantilización que no se disuelve mágicamente por el simple
hecho de mejorar el clima de negocios. El tiempo de vida, el descanso y la
dignidad de las familias vulnerables no pueden ser variables de ajuste.
El desafío
histórico que enfrenta el Uruguay de hoy no es elegir entre eficiencia o
equidad, sino cómo articular reformas estructurales profundas sin dejar a
nadie por el camino.
Esto
implica un cambio de enfoque. El ahorro genuino que se logre al eliminar la “grasa”
del Estado y la superposición de organismos públicos no debe tener como único
destino el alivio fiscal o la desregulación ciega.
Debe ser
el combustible para financiar políticas sociales de impacto quirúrgico y
permanente. Necesitamos un Estado más austero en su burocracia, pero más fuerte
y presente en la primera infancia, en la erradicación del saneamiento pendiente
y en la reconversión laboral real para los trabajadores que queden obsoletos
frente a la modernización.
El tiempo
en el siglo XXI es un derecho, y el desarrollo económico solo tiene sentido si
mejora la calidad de vida de cada uno de los ciudadanos, especialmente de los
más postergados.
La
política tiene la enorme responsabilidad de construir los consensos para que la
competitividad y la justicia social caminen juntas, de lo contrario, el éxito
macroeconómico será una estadística vacía.
Ricardo Alba El Día 27 de junio 2026
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