La soledad de las direcciones escolares: El último fusible de un Estado en retirada
Nuestra
sociedad asiste a un proceso paulatino y grave de degradación social y moral
que ya no se puede ocultar bajo la alfombra de la retórica oficial.
Los
síntomas están a la vista de todos, pero hay un lugar donde impactan con una
crudeza desgarradora: las comunidades educativas, y más específicamente, las
Direcciones de los centros de la UTU y de la enseñanza pública en general.
Hoy, los
liceos y las escuelas técnicas se han convertido en la primera línea de
contención de una crisis civilizatoria que los desborda. Ante un Estado
fragmentado y a menudo ausente en el territorio, la población ve en el centro
educativo el único faro en pie, el único lugar al que acudir cuando todo lo
demás falla.
Sin
embargo, esta legítima demanda comunitaria ha terminado por distorsionar y
asfixiar el rol de quienes están al frente de las instituciones.
La
realidad que viven muchos directores es extenuante, cuando no directamente
peligrosa.
Semana a
semana, deben enfrentarse a la dolorosa obligación legal y moral de denunciar
episodios aberrantes de violencia doméstica, abuso o violencia callejera,
reales o supuestos; situaciones que los propios involucrados, capturados por el
miedo o el desamparo, no se atreven a denunciar.
El
resultado es kafkiano: directores que concursaron, estudiaron y se prepararon
para liderar proyectos pedagógicos, coordinar docentes y mejorar el aprendizaje
de los jóvenes, terminan perdiendo mañanas y tardes enteras en salas de espera
de comisarías, redactando actas policiales y navegando los laberintos de la
burocracia judicial. Mientras tanto, el centro educativo queda acéfalo de su verdadera gestión.
Pero lo
más alarmante de este escenario no es solo el desvío de sus funciones, sino la absoluta
y cobarde soledad institucional en la que se encuentran.
Existe
una perversa lógica del "embudo" donde las Direcciones Generales y
las Inspecciones Regionales exigen el cumplimiento irrestricto de la norma,
pero esquivan el cuerpo a la hora de dar la cara. En el territorio, nadie quiere firmar nada. Ni mandos
medios, ni equipos de apoyo; todos se cuidan las espaldas, dejando que el hilo
se corte por el lado más delgado y expuesto.
Esta
"lavada de manos" colectiva expone físicamente a los directores,
quienes al estampar su firma en denuncias complejas o en barrios vulnerables,
quedan a merced de represalias de entornos violentos o vinculados al delito.
El
sistema actual les exige un heroísmo individual desmedido mientras les ofrece
un desamparo total.
No es
extraño, entonces, que directores valiosos, con vocación y capacidad de
gestión, caigan en el síndrome de burnout y planteen seriamente
abandonar sus cargos. Cuando los mejores cuadros deciden dar un paso al costado
porque el entorno se vuelve hostil e ingrato, la sociedad entera pierde la batalla.
La
educación pública no puede seguir siendo el comodín que absorba los traumas de
una sociedad en crisis sin las herramientas para hacerlo. Los directores no son
expertos en derecho, ni oficiales de policía, ni agentes judiciales. Mantener
la estructura actual es una irresponsabilidad
institucional.
Es
imperioso y urgente un cambio de paradigma. La
Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) debe crear una unidad
especializada e interdisciplinaria, con competencia y despliegue en cada uno de
sus subsistemas (la UTU, Secundaria, Primaria) que centralice, canalice y ejecute estas
denuncias.
No se
puede seguir exponiendo el pecho y el nombre de un docente. Debe ser un equipo
técnico y jurídico central el que asuma la responsabilidad penal y
administrativa de actuar ante la vulneración de derechos, blindando así a las
comunidades educativas.
Devolvamos
a los directores a las aulas, a la planificación educativa, a la construcción
de futuro. Si permitimos que la burocracia se siga lavando las manos y que la
violencia territorial termine por ahuyentar a quienes educan, el vaciamiento
moral de nuestra sociedad habrá completado su obra.
El sistema no puede seguir
exigiendo lo que no está dispuesto a respaldar.
Ricardo Alba El Día 6 de junio 2026
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