El vicio de la oficina nueva: la ilusión del "simbolismo legislativo"
Uruguay
sangra en sus calles. El dato es tan frío como estremecedor: con 471 muertes en
siniestros viales durante el último año, la tasa de mortalidad al volante (13,5
por cada 100.000 habitantes) ya superó a la de los homicidios.
Frente a
esta tragedia cotidiana de picadas clandestinas, conductores alcoholizados e
impunidad en dos ruedas, el diagnóstico del intendente de Canelones, Marcelo
Metediera, es incontrastable: hoy en día, violar la ley de tránsito sale
alarmantemente gratis. La Ley de Faltas es una cáscara vacía donde apenas el
15% de las denuncias llega a una sentencia.
Sin
embargo, frente al drama real, la respuesta institucional vuelve a tropezar con
la misma piedra de siempre. La propuesta de crear tres Fiscalías Especializadas
en Tránsito (en Montevideo, Canelones y Maldonado) desnuda, una vez más, la
tensión crónica que adormece al Estado uruguayo: la peligrosa distancia
entre la urgencia política/social y la sostenibilidad estructural.
En
nuestro país existe una arraigada y preocupante tendencia cultural e
institucional a pensar que la solución para cualquier herida social consiste en
redactar una ley nueva o colgar un cartelito con un nombre pomposo en la
fachada de una oficina flamante.
Es lo que
en la ciencia política se define con precisión como "simbolismo
legislativo": ante la legítima presión de la opinión pública por los
muertos en el tránsito, la respuesta política más visible, rápida y efectista
es exclamar: “¡Vamos a crear fiscalías especializadas!”. Se busca el
aplauso del anuncio, el titular de prensa que simule acción, postergando el
debate de fondo.
Porque la
realidad intramuros de la Fiscalía General de la Nación es diametralmente opuesta
a la fantasía del burócrata.
El
sistema penal arrastra una sobrecarga crónica que bordea el colapso. Hablamos
de fiscales de flagrancia desbordados con más de 500 causas por cabeza,
expedientes que duermen el sueño de los justos por falta de brazos y un reclamo
presupuestal que nunca llega a ser atendido.
En este
escenario de escasez, inventar nuevas fiscalías por más que las intendencias
presten amablemente las cuatro paredes de un local, es jugar al juego de la
sábana corta: lo que se le asigna al tránsito se le restará inevitablemente a
la persecución de delitos complejos, la violencia de género o el narcotráfico.
Se distribuye la miseria de los recursos en más ventanillas, agravando la
fragmentación y la burocracia.
La
Justicia es el último eslabón de la cadena, no el primero.
Si no hay
más fiscalización, si no se multiplica la policía de tránsito en la calle pero,
sobre todo, si no hay más educación vial
e infraestructura que facilite un tránsito ordenado y fluido, la fiscalía
especializada solo será un nuevo receptor de toneladas de papeles que nadie
tendrá tiempo de procesar.
La
solución inteligente no es seguir inflando el organigrama del Estado, sino
arreglar la máquina interna.
En lugar
de judicializar penalmente cada infracción, lo que requiere un despliegue
carísimo y lento de fiscales, jueces y defensores,, Uruguay debe mirar hacia
sistemas que ya demostraron su éxito a nivel global.
El
derecho penal debe reservarse, con exclusividad y rigor, para los casos
criminales puros.
Responder
en modo automático creando más burocracia mientras las bases del sistema penal
se caen a pedazos es una irresponsabilidad política insostenible. Seguir
poniendo parches sobre una estructura saturada solo sirve para la foto del
momento.
Gobernar
con madurez implica resistir la tentación del aplauso fácil y entender, de una
vez por todas, que los problemas del siglo XXI no se solucionan abriendo más
oficinas públicas.
Ricardo Alba El Día 23 de mayo 2026
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