El eclipse de la socialdemocracia: de transformadores a gestores de lo inevitable
La
socialdemocracia, aquel motor que reconstruyó Occidente tras la tragedia de
1945 y dio forma a la "Edad de Oro" del bienestar, atraviesa hoy una
crisis de identidad que parece terminal. Lo que durante décadas fue el
"escudo" de las clases trabajadoras y el arquitecto de la movilidad
social, hoy se desdibuja en una gestión tecnocrática que ha perdido su alma y,
lo que es peor, su utilidad.
La claudicación del pensamiento
El
declive comenzó con una rendición disfrazada de modernidad. A finales del siglo
pasado, la llamada "Tercera Vía" convenció a los partidos socialistas
de que el mercado ya no era un terreno a regular, sino una fuerza de la
naturaleza a la que había que adaptarse.
En ese
preciso instante, la socialdemocracia dejó de ser transformadora para
convertirse en gestora de lo inevitable. Se aceptó la lógica del capital
financiero, las privatizaciones y la desregulación, bajo la promesa de que
"creciendo todos, algo gotearía hacia abajo".
Pero el
goteo nunca llegó, y los partidos que debían defender al hombre de a pie
terminaron administrando los recortes con un rostro algo más humano, pero con
la misma mano firme del mercado.
De la clase obrera a las identidades
Al abandonar
la batalla por la redistribución de la riqueza y la soberanía económica, la
socialdemocracia internacional buscó refugio en las políticas de identidad. El
foco se desplazó del salario y la fábrica hacia agendas segmentadas que, aunque
justas en lo civil, atomizaron el sujeto político. El discurso se
fragmenta en "derechos de las mujeres", "derechos LGTBI+",
"derechos de las minorías étnicas"
El
resultado está a la vista: el trabajador de la periferia, aquel que siente que
el sistema lo ha dejado atrás, ya no se reconoce en el lenguaje de sus antiguos
defensores. Siente que la política se ocupa de sus modales o de su lenguaje,
pero no de su mesa.
Ese
vacío, ese "suicidio ideológico", es el que hoy alimenta los
populismos que prometen una protección que la socialdemocracia renunció a dar.
El precio de ser "previsible"
Hoy, ser
socialdemócrata en Europa o en América Latina suele ser sinónimo de ser
"buen alumno" de los organismos internacionales. Se ha instalado la
idea de que la política es el arte de lo posible, pero de un
"posible" dictado por otros.
Cuando un
partido renuncia a su capacidad de incomodar al poder económico, cuando
prefiere el aplauso de los mercados a la lealtad de los humildes, deja de ser
una opción de cambio para ser un simple componente del statu quo.
Un espejo para nuestra realidad
Esta
decadencia global no es ajena a nuestras orillas. La crisis de la
socialdemocracia internacional es el espejo donde debemos mirarnos para
entender por qué, en Uruguay, las banderas de la justicia social y el rol
protector del Estado parecen haber quedado huérfanas o, lo que es peor,
secuestradas por el ruido de unos y el conservadurismo de otros.
En la
próxima entrega, analizaremos cómo esta marea global impactó en nuestra casa y
por qué el Batllismo, en su esencia más pura y ortodoxa, sigue siendo la
única respuesta válida frente al naufragio de las ideas.
Ricardo Alba El Día 17 de enero 2026
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