Educación: ¿una Universidad o una nueva República?
Mientras el sistema político debate estructuras que
parecen rendir culto a dogmas del pasado, Uruguay corre el riesgo de crear una
nueva "república independiente". ¿Es posible una Universidad de la Educación
moderna que rinda cuentas al ciudadano que la financia, o estamos condenados a
replicar el modelo de la Ley de 1958, donde la autonomía se confunde con el
aislamiento?
El
reciente envío al Parlamento del proyecto para crear la Universidad de la Educación
(UnED) ha reabierto en Uruguay un debate sobre cómo debe gobernarse el
conocimiento público. Mientras el oficialismo busca consolidar una estructura
universitaria para la formación docente (ente autónomo con cogobierno), el país
observa con escepticismo si estamos ante el nacimiento de una institución ágil
y necesaria o ante la simple clonación de un modelo que muchos consideran
agotado.
El
fantasma de la Universidad de la República (Udelar) y su Ley Orgánica de 1958
sobrevuela cada párrafo del proyecto. Bajo el escudo de una
"autonomía" que a menudo deriva en autismo institucional, la Udelar
se ha convertido para muchos en un gigante ineficiente, gobernado por un
sistema de cogobierno que prioriza la política interna y los intereses gremiales
sobre las demandas reales de una sociedad que la financia íntegramente con sus
impuestos.
¿Es
sensato replicar este esquema endogámico en la nueva formación docente? El
riesgo es claro: crear una universidad que nazca de espaldas al país, protegida
por una muralla burocrática donde el ciudadano que paga el IVA de los productos
básicos que consume no tiene voz ni voto sobre hacia dónde debe dirigirse la
educación de sus maestros.
Frente a
este modelo de "estatismo cerrado", surgen alternativas exitosas en
el mundo y algunas locales olvidadas, como el primer INET, que demuestran que
la excelencia pedagógica no requiere necesariamente de estructuras pesadas,
sino de una apertura real al conocimiento profesional y a la rendición de
cuentas.
El
verdadero conflicto no es solo administrativo, es de soberanía. Al replicar el
modelo de la Udelar, corremos el riesgo de institucionalizar una
"república dentro de otra república"; una suerte de Estado Vaticano
académico que opera en el corazón de la administración pública pero con sus
propias reglas, sus propios intereses y una desconexión casi total con el proyecto
de país.
Bajo este
esquema, la autonomía deja de ser una garantía de libertad de cátedra para
convertirse en un mecanismo de aislamiento. Este sistema fomenta una cooptación
interna donde el poder se recicla entre los mismos actores de siempre,
asegurándose de que nada cambie para que el poder no se diluya.
Hasta
ahora, la discusión parece reducirse a una cuestión formal de estructuras que
rinden culto a la "autonomía y el cogobierno" como si se tratara de
un acto de fe o un dogma religioso incuestionable.
Se debate
quién manda y cómo se protege la institución, pero no se dice nada sobre la
cuestión central: cuál es el mejor modelo de formación docente adaptado a la realidad
actual. Se ignora la posibilidad de avanzar hacia ejemplos exitosos y
avanzados, como el de Finlandia, donde la docencia es una especialización de
excelencia basada en saberes disciplinares sólidos y previos, y no una carrera
aislada del resto del mundo científico y profesional.
La
creación de una Universidad de la Educación no debería ser un acto de nostalgia
legislativa ni un tributo a un modelo de gobernanza que ya muestra signos
evidentes de fatiga.
Si el
objetivo es realmente jerarquizar la profesión docente, el camino no es otorgar
un título universitario bajo el amparo de una estructura que se autopercibe
como una isla soberana. La verdadera jerarquización surge de la apertura, de la
competencia técnica y de la capacidad de integrar los saberes del país
productivo en el aula.
Uruguay
se debe un debate honesto que trascienda las etiquetas. No podemos permitir
que, en nombre de una autonomía mal entendida, se termine gestando otra
institución cerrada, propensa a la cooptación y blindada contra el control
ciudadano.
El
Parlamento tiene ante sí la oportunidad de diseñar algo nuevo: una universidad
pública moderna, que rinda cuentas de sus resultados y que no tema mirar hacia
afuera.
Si el
resultado de este proceso es simplemente una nueva "república
independiente" que le dé la espalda a la sociedad que la sustenta,
habremos perdido una oportunidad histórica.
El país
no necesita más estructuras anquilosadas propias del siglo pasado; necesita
docentes formados para el siglo XXI, en una institución que sea, por fin, de
todos los uruguayos y no solo de quienes la gobiernan.
Ricardo Alba El Día 10 de enero 2026
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