La ONU condenó una esclavitud… pero se olvidó de todas las demás

 

El 25 de marzo de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que califica la trata transatlántica de esclavos africanos y la esclavitud racializada como “el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”.

Impulsada por Ghana y un bloque de unos 60 países africanos, caribeños y latinoamericanos, la declaración fue adoptada con 123 votos a favor, 52 abstenciones (casi todo el bloque europeo, incluido el Reino Unido) y solo tres votos en contra: Argentina, Estados Unidos e Israel.

Uruguay votó a favor, sumándose a los 123 países que apoyaron la resolución y alineándose con la posición mayoritaria de la región. Voces cercanas a la Cancillería presentaron este voto como parte de una política de Estado en materia de derechos humanos y reparación histórica, en continuidad con la participación uruguaya en el Foro Permanente de Afrodescendientes de la ONU.

La resolución no es vinculante, pero tiene fuerte peso simbólico y político. Destaca la magnitud, duración, brutalidad y consecuencias duraderas de ese sistema que, durante más de cuatro siglos, codificó a millones de seres humanos y a sus descendientes como propiedad hereditaria, enajenable y perpetua. También abre la puerta a disculpas formales y reparaciones.

Desde la Cancillería argentina explicaron con claridad el voto negativo: el texto no estuvo abierto a modificaciones (“a tapa cerrada”) y Argentina rechaza calificar una forma específica de esclavitud como “la más grave de la historia, dejando otras por fuera”. “No hay esclavitudes ‘peores’ y otras tolerables. Basta de narrativa woke”, resumió el canciller Pablo Quirno.

Y tiene razón. Porque la esclavitud no fue un invento europeo del siglo XV ni un monopolio occidental. Fue una institución universal, practicada por casi todas las civilizaciones a lo largo de la historia.

Condenar solo una, y declararla “la peor”, no es un acto de justicia histórica; es una elección política que selecciona víctimas y victimarios según la agenda del presente.

Tomemos solo dos ejemplos bien documentados que la ONU nunca ha tratado con la misma solemnidad. Entre los siglos XV y XIX, los piratas berberiscos del norte de África (actuales Marruecos, Argelia, Túnez y Libia) capturaron y esclavizaron a más de un millón de europeos cristianos. Realizaron razias en costas españolas, italianas, francesas e incluso islandesas. Los hombres terminaban en galeras (un destino peor que la muerte para muchos), las mujeres en harenes o prostíbulos, y se exigían rescates elevados para quienes tenían “manos suaves”. Miguel de Cervantes pasó cinco años como esclavo en Argel y intentó fugarse cuatro veces. El embajador de Trípoli en Londres justificó en 1785 esas razias con el Corán: era “derecho y deber” hacer la guerra santa a los infieles y esclavizarlos.

Ese comercio de esclavos blancos tuvo un fuerte componente religioso (yihad) además del económico. ¿Alguna vez la ONU lo declaró “crimen de lesa humanidad más grave”? No. Ni una resolución dedicada.

Peor aún: la trata transahariana y la esclavitud en el mundo islámico. Durante más de mil años (siglos VII al XX) se traficaron entre 9 y 14 millones de africanos negros hacia el norte de África y Oriente Medio. Eunucos, concubinas, mano de obra forzada. El Imperio Otomano, Persia y los estados árabes también esclavizaron a europeos, circasianos y eslavos. Ninguna resolución de la Asamblea General ha pedido reparaciones a esos países ni ha declarado ese sistema “el más grave”.

Y esto no es solo historia antigua.En 2014, el Estado Islámico (ISIS) revivió la esclavitud sexual como política oficial. En Sinjar secuestraron a más de 6.800 mujeres y niños yazidíes. Los vendieron en mercados públicos en Mosul y Raqqa, con precios oficiales según edad y belleza. Violaciones sistemáticas, embarazos forzados, niños convertidos en soldados. La propia ONU calificó estos actos como genocidio. Hoy, entre 2.600 y 2.900 yazidíes siguen desaparecidos o en cautiverio. ¿Una resolución especial declarando esto “el crimen más grave”? Tampoco.

Mientras tanto, la Organización Internacional del Trabajo estima que hoy hay 50 millones de personas en esclavitud moderna en todo el mundo: trabajo forzoso, servidumbre por deudas, prostitución forzada y explotación en minas y campos. La mayoría en Asia y África. Silencio selectivo también aquí.

La resolución del 25 de marzo no niega que la trata transatlántica fue horrenda. Lo fue. Pero al establecer un ranking moral y político, “la más grave”, y al ignorar deliberadamente otras esclavitudes de igual o mayor escala, la ONU no combate el mal: lo instrumentaliza. Convierte la memoria histórica en herramienta geopolítica y en demanda de reparaciones focalizadas.

Argentina, al votar en contra junto a Estados Unidos e Israel, no defendió la esclavitud. Defendió una verdad incómoda pero elemental: todos los crímenes contra la humanidad merecen la misma condena. No hay jerarquías de víctimas según el color de la piel, la religión o la ideología del presente. La esclavitud es un horror universal y debe ser condenada como tal, sin excepciones ni olvidos convenientes.

Uruguay, en cambio, optó por sumarse a la mayoría y respaldar el texto tal como fue presentado. Es una decisión soberana, pero deja en evidencia la diferencia de enfoques entre ambos países: mientras uno prioriza la coherencia universal en la condena de todas las atrocidades históricas, el otro se alinea con una narrativa que jerarquiza el sufrimiento según conveniencias políticas actuales.

Porque si la ONU quiere ser creíble cuando habla de derechos humanos, no puede seguir practicando la memoria selectiva. La historia no se reescribe eligiendo qué atrocidades recordar y cuáles enterrar según la conveniencia del momento.

Ricardo Alba  El Día 4 de abril 2026





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