Las joyas de la abuela: El herrerismo ataca de nuevo

 

La reciente propuesta del senador herrerista Sebastián Da Silva de vender el Banco de Seguros del Estado (BSE) por unos supuestos US$ 1.400 millones no es una novedad técnica, sino un nuevo capítulo de una vieja pulsión ideológica.

Bajo el eufemismo de "liquidar activos" para supuestas inversiones, el herrerismo vuelve a la carga con su agenda histórica: desmantelar el escudo de los más débiles para alimentar las urgencias de la caja.

El Triángulo del Rol Social: Lo que el mercado desprecia

El BSE no es una simple oficina de pólizas; es un engranaje de protección social que sostiene tres pilares que ningún privado aceptaría, ni mantendría, bajo las mismas condiciones:

1.   Accidentes de Trabajo: El BSE garantiza cobertura universal y solidaria. En un modelo privado, la "selección de riesgos" castigaría al pequeño productor rural de Salto o Artigas y al obrero de la construcción con pólizas prohibitivas o exclusiones directas. El lucro no entiende de solidaridad laboral; el BSE sí.

2.   Rentas Previsionales: El BSE es hoy el único actor que garantiza el pago de las jubilaciones por AFAP. Para la banca privada, el riesgo de la longevidad no es "negocio". Si el Banco se vende, el sistema de seguridad social caería en un vacío operativo que el Estado terminaría rescatando con dinero de todos, como ocurrió en Argentina, donde la transición costó un astronómico 3,6% del PIB.

3.   Ganancias que vuelven al pueblo: A diferencia de las empresas deficitarias que el herrerismo suele usar como ejemplo, el BSE es eficiente, solvente y transfiere utilidades récord a Rentas Generales. Venderlo es cambiar un flujo constante de ingresos por un único cheque que se diluirá en el gasto corriente.

Espejos regionales: El peligro de la liquidación

No necesitamos adivinar las consecuencias de este impulso privatizador. La historia latinoamericana es un cementerio de "joyas de la abuela" malvendidas.

En los 90, la privatización de seguros en la región prometió eficiencia y terminó en exclusión y abandono de mercado: las aseguradoras privadas rechazaron a los jubilados de rentas bajas por falta de rentabilidad, obligando al Estado a intervenir como rescatista de último recurso.

Por el contrario, Costa Rica, nuestro espejo más fiel, decidió mantener su aseguradora estatal (INS) bajo control público incluso tras abrir el mercado a la competencia. Entendieron que sin un actor estatal fuerte, nadie cubriría de forma accesible los riesgos laborales de los sectores más vulnerables.

Una institución solvente por 40 años

El argumento de la "venta necesaria" se desmorona ante los datos: el BSE tiene solvencia financiera garantizada para las próximas cuatro décadas para cumplir con sus compromisos de rentas.

No es una carga para el país; es una garantía de estabilidad. Con utilidades que rondan los US$ 100 millones anuales, en menos de 15 años el Estado recaudaría por ganancias la misma cifra que obtendría vendiéndolo hoy, pero con una diferencia vital: después de ese tiempo, seguiríamos siendo dueños del Banco.

Conclusión: Un patrimonio, no una alcancía

El herrerismo llama "modernización" a lo que en realidad es una ruinosa enajenación del patrimonio común.

El BSE es el resultado de una visión de país que entiende que hay áreas de la vida, como la salud del trabajador y la dignidad del jubilado, que no pueden quedar a merced de la "mano invisible" del mercado.

Vender el Banco de Seguros por una urgencia fiscal es, matemáticamente, un pésimo negocio y, políticamente, una renuncia a la soberanía social.

Las joyas de la abuela no se venden para pagar las cuentas del mes; se defienden para asegurar el futuro de los nietos.

Ricardo Alba    El Día 21 de febrero 2026




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